Bronnitsy
El camino a un Mundial es complejo y al final resulta que se trata de conocer un pueblo improbable y que te enseñen a cocinar ravioles. A favor.
Mundial, ya lo hablamos, dispara directo a Francia 98. Pero si le sumo el “ir a” lo primero que se me viene a la cabeza es un viaje en un auto blanco a toda velocidad, con las ventanillas bajas, por una autopista desconocida, de noche, sin datos en el celular, en las manos de un uzbeko cuyas manos iban atentas al teléfono, al que le gritaba en un idioma incomprensible con una música arábica de fondo a todo volumen.
Así como aquel álbum completado con el Arquero Suplente de Marruecos fue el inicio de todo, Rusia 2018 fue la cima. “Después de la Aconcagua, todo serranía” dijo Menotti luego del 78. Tiempo suplementario, partidos a beneficio. La vida es eso que pasa entre etc.
Confesaré algo que no debería dejar por escrito entonces en este mismo momento lo estoy suavizando: no lloré el gol de Gotze. Brasil 2014 fue de mis más grandes desafíos laborales, a cargo de una redacción con cobertura 24x7. Para la final estaba agotado, necesitaba dormir, o que mis compañeros duerman, y que termine todo ahí, habiendo cumplido decorosamente con mi tarea. No estaba preparado, con 26 años, para que Rizzoli cobre el penal de Neuer. Me lo cuestionaré toda la vida, pero no puedo cambiarlo.
Al tiempo me invadió un vacío, creo que una crisis de los 30 adelantada. Me pagaban, y nada mal, por mirar fútbol y leer noticias, por coordinar redactores, diseñadores y editores de videos, todo esto en un espacio creativo, pasional, y con desafíos permanentes; de golpe todo se había transformado en mails y excels. La rutina de lo ordinario.
Lo hablé con mi jefe y al poco tiempo estaba en un bondi de larga distancia yendo a ver Argentina vs Uruguay en Mendoza, con una cámara que no sabía usar. Siempre se me dio mejor el análisis, la organización, la estrategia y otras facetas de la comunicación, no tanto como lo que entonces era notero. Inventé una crónica con lo que escuché en la radio cuando en DeporTEA me mandaron a cubrir un partido del ascenso en Zona Sur.
Obviamente que el resultado de aquel viaje a Mendoza fue un desastre, esto quizá lo único rescatable y ni siquiera. Y si bien tenía la absoluta certeza de que no iba a ser Gastón Edul ni Luisito Comunica, fue una excusa para moverse, hacer algo incómodo. Para el siguiente partido conseguí una acreditación. Me comí algún reto de AFA por romper tanto los huevos, pero viajé a Córdoba y a San Juan acreditado. Creo que transmití un IG Live con la histórica conferencia de prensa donde el plantel le declaró la guerra al periodismo y me sentí Rodolfo Walsh. Al poco tiempo fui a buscar mi título a DeporTEA después de años para ver si eso me servía para registrarme en FIFA. Iba a ir Rusia, estaba convencido de eso. No sabía bien a qué ni qué podía aportar, pero descubrí que me gusta estar cerca de los acontecimientos.
En 2017 me llegó una oferta de laburo irrechazable. Le di mil vueltas, incluso llegué a rechazarla, me daba pánico dejar el lugar donde estaba bien, tenía un lugar importante y casi asegurado el camino a Rusia. Tuve que empezar de cero en un lugar completamente distinto, aunque tenía claro que era un pequeño desvío, quizá un atajo. Desde temprano dejé en claro que como sea iba a estar en Rusia 2018, la estructura y contexto parecían acompañar.
Una vez cruzado el primer el umbral, el camino del héroe trae pruebas, enemigos y aliados. El proyecto se fue resquebrajando y las certezas se fueron desvaneciendo en el aire. Ahí apareció la pieza que le faltaba. Un gran amigo que admiraba incluso antes de conocer, cuando algunos años atrás me había enganchado con la página de unos pibes que hacían unos videos mientras viajaban por Rusia, Mongolia y China.
Esta semana me contaron que Macaya trabajaba en el área comercial y tuvo que inventarse trabajos para ir a sus primeros Mundiales. Ahí estábamos, metiendo horas extras para armar pitcheos internos, alianzas, promesas, dándole vueltas. Sin noticias de sponsoreo, un par de acreditaciones fue más que suficiente para que el viaje sea irreversible. Reservamos trenes para seguir el camino de Argentina, pero sobre todo porque eran gratis para periodistas y nos ahorraba noches de hoteles, y un Airbnb barato en Bronnitsy. Como a Mendoza, no sabía bien a qué iba, nadie me lo había pedido, pero ahí tenía que estar.
Y ahí estaba. Después de casi 2 horas de incertidumbre el taxista que no hablaba ni una palabra en inglés me dejó en ese pueblo de 20.000 habitantes a 60 km de Moscú donde nunca se había ni barajado la posibilidad de que pase algo. Un pueblito verde, con una mezcla de edificios soviéticos y casas de madera rusas, con el Río Moskva, un McDonalds, una feria, algunos monumentos a los héroes de la Gran Guerra, y no mucho más.
El camino del Mundial me llevó a Moscú, Nizhny Novgorod, St. Petersburgo y Kazan; lugares que valen mucho más que una Copa del Mundo. Trenes de 20 horas, salas de prensa rodeado de gitantes y coberturas en las calles. También fue respirar el aire espeso de cada entrenamiento en el Bronnitsy Training Center. Con los raros movimientos entre el cuerpo técnico de Sampaoli y los jugadores, con las operaciones y filtraciones que se movían por los intereses políticos.
Pero el Mundial, el primero al que fui, fue volver a la casa de Vladimir, nuestro host, un docente, ex cazador de cazadores japoneses de osos en Siberia, que había visto la oportunidad de hacer una moneda extra alquilando y yéndose unos días a un pueblo más lejano aún. De la imperial St.Petersburgo, a nuestro bunker de cemento con pared empapelada. De Kazan, el corazón de Tartaria, a que Vladimir haga una hora desde Kolomna para llevarnos desde la parada del 324 y ahorrarnos esas 10-15 cuadras sabiendo que ya veníamos de un viaje larguísimo y con la derrota a cuestas.
Bronnitsy es de los lugares más improbables en los que estuve, al que no hubiese llegado jamás si no fuese por el fútbol y esta profesión que ya ni sé bien cuál es. “Una mierda, no hay nada”, me decía uno que lo habían mandado a fumarse 2hs de fila para ver 15 minutos de jugadores cabizbajos atándose los cordones. Pero en Bronnitsy, al menos durante el cortísimo verano, brilla el verde reflejado en los ríos y lagos, que se aprovechan al máximo, como sabiendo que es solo una breve ilusión antes de un invierno desprotegido.






Un verano particular e insólito con visitas de otros continentes, y de otros planetas también. Una oportunidad donde tipos como Vladimir, el mejor ruso vivo aunque haya nacido en Kazajistán, abrieron las puertas de su pueblo sin contar con la llave idiomática.
Hace poco me preguntaron por mi mejor historia en Mundiales y no tengo dudas que es esta, el día que Vladimir cayó con Natasha, su mujer, y su hija, y nos enseñaron a cocinar Pelmenis:
Y nos dejaron algunos regalos también:
Dicen que una vez que vas a un Mundial ya no podés dejar de ir. Es falso. Además cada vez se hace más difícil. Pero aún así allá vamos, después de Rusia 2018 y la locura de Qatar 2022, confirmo en exclusiva para The Lighthouse que voy a estar en Canadá y Estados Unidos, desde donde pienso reportarme muy seguido, en breve comentaré más sobre este nuevo viaje y el formato en el que irá virando este espacio.
Abrazo grande.
Mientras, para los que llegaron hasta acá y quizá esperaban más sobre Bronnitsy (debo confesarles que yo soy uno de ellos), les dejo esta especie de crónica en audio que grabé en 2018 con todo lo que fui anotando después de vivir casi un mes ahí. Dejo también la transcripción.
Bronnitsy, el pueblo verde que ofició de cloaca argentina
Por la ventana del 324, a la izquierda, se ve la catedral y la imponente torre del reloj de más de 70 metros. Tras 14 horas de viaje desde Kazan, llegamos. A la derecha lo vemos a Vladimir. Llegamos a casa. Vladimir, quien sufrió con cada corrida de Mbappé, nos vino a buscar a la autostanza para ahorrarnos esos 25 minutos de caminata hasta el departamento.
Tras la larga travesía, el peso de las mochilas, los equipos y la derrota se hizo mucho más liviano. Bronnitsy será recordada como el centro de operaciones de una de las elecciones más flojas que vio el fútbol argentino, una de las que más se operó también. Para la historia, los primeros registros datan de 1630, cuando Mikhail Romanov, primer zar de Rusia, la adoptó como stud para los caballos reales, studs que luego evolucionaron en granjas.
En Bronnitsy se respira paz, lejos está de la festividad de nacionalidades, gritos y colores que se encuentran en la Plaza Roja, en los estadios o en los fanfests, pero es pleno verano y eso ya de por sí es una fiesta: el verde abunda, las flores completan el abanico de colores y se aprovechan los espacios públicos para correr, jugar al fútbol o divertirse en las plazas. Aunque el atractivo principal está en el río Mopska o en el lago Belskoi, donde se practica remo, se escuchan los pájaros y el curso del agua, y cada tanto pasa un barco para romper la monotonía. Aun así, en silencio, el mundial ha revolucionado este pueblo que apenas supera los 20.000 habitantes.
Un mural gigante de Messi fue pintado por el artista callejero ruso Sergei Erofeo. A la izquierda de la obra de arte, cruzando la calle, dos cancheros riegan en el Bronnitsy Stadium. Preparan el pintoresco campo de juego local para el fin de semana. Enfrente, cinco vehículos de la Segunda Guerra Mundial y una placa con la hoz y el martillo gozan de un merecido descanso.
La de este pueblo por el mundial ha sido una locura pacífica que se fue descubriendo a medida que uno la fue transitando y habitando.
—¡Messi, Messi! —nos grita Alexei desde la ventanilla de su camioneta mientras estaciona en la banquina para levantarnos.
En Rusia no existe el taxímetro; lo normal es que te lleven a cambio de algunos rublos, de hecho te lo ofrecen. Alexei casi no intentó hablar con nosotros, sabe que es imposible, pero nos vio con las cámaras y mochilas buscando un taxi en la ruta e inmediatamente sintió el impulso de llevarnos al Bronnitsy Training Center, búnker de la selección argentina. No esperaba nada a cambio.
Desde la plaza central, si uno sigue por la avenida Sovetskaya, va encontrando algunos rastros: banners con fotos de los jugadores argentinos, carteles de bienvenida y de orientación. Los menúes de algunos de los restaurantes, donde confluye la cocina rusa con la armenia y la georgiana, están disponibles en español.
En el McDonald’s del pueblo se instaló una pantalla para hacer el pedido en distintos idiomas. En los almacenes no hay nada de eso, mucho menos alguien que hable inglés, pero se nos ríen cuando señalamos o ensayamos palabras en ruso que buscamos con el traductor de Google. Pero se nos ríen con complicidad, siempre con absoluta intención de ayudarnos, y casi avergonzados de no poder hacerlo, de no poder preguntarnos más sobre nuestra procedencia remota.
—Hoy voy a pasar un rato a la tarde, Olga les hizo unos regalos y se los quiero traer —nos avisa Vladimir, nuestro huésped y mejor amigo en estas tierras.
Olga es la hija de su mujer, Natasha. Ninguna de las dos habla inglés, pero eso no fue una barrera para que nos hicieran sentir una espiritualidad desmedida. Nos enseñaron a cocinar pelmenis, el típico ravioli ruso; nos trajeron miel, mermelada y torta. Nos abrieron las puertas de su casa. Ellos querían que ganara Argentina, incluso por sobre Rusia quizás. No querían que se terminara esta aventura.
Hicieron un gran esfuerzo para que Messi se sintiera cómodo, y todos nos sentimos Messi.
Pero a diferencia de ellos, hubo cierto sector dirigencial que no quiso lo mismo. Incluso lograron incomodar al 10.
El trinomio Angelici-Tapia-Moyano se rompió luego de haberse unido para derrotar a Tinelli. Las llamadas que en su momento se filtraron del Tano a Fernando Mitjans, el presidente del Tribunal de Disciplina de AFA, exigiendo que se le redujeran las sanciones a jugadores de Boca, son la prueba más cabal del modus operandi del dirigente más influyente del fútbol argentino. El tono de voz de Angelici en esa charla es la unidad de medida más certera de su poder.
Tapia no fue tan manipulable como quizá pensaron. Con mañas y apoyado en los sólidos estatutos que dejó Don Julio, aún sobrevive a pesar de tener al Tano y a todo su maquinario operacional en la vereda de enfrente. Desde ahí, lo cascotearon durante todo el mundial.
Por ignorancia geopolítica, se aceptó jugar en Jerusalén, sobre las tumbas palestinas. Algo así como que Inglaterra jugara un amistoso en Malvinas contra la Portugal de Cristiano Ronaldo. La escala en Barcelona fue con protestas constantes en los alrededores que incluyeron camisetas argentinas manchadas con sangre, y detrás de escena, supuestas amenazas a Messi y su familia.
La sensata suspensión trajo también sus consecuencias. Entraron ya en el juego agentes internacionales como el Mossad, de capacidad aún mayor que el propio Tano para pinchar teléfonos e instalar operaciones. Angelici fue quien se encargó de las negociaciones para llevar a Sampaoli y a la selección en su momento. Fue siempre su candidato, más allá de que Tapia luego dio la cara y gestionó la salida de Bauza. Pero así se maneja el empresario del juego, en las sombras. A nadie le pareció raro que no haya pisado Bronnitsy.
Sí fue extraño quizás ver tanta presencia de la marca Superliga en el predio, ente separado de AFA y caballo de Troya del desembarco de las sociedades anónimas en el fútbol argentino. Causa patrocinada por el presidente de Boca. Causa patrocinada por el presidente de París.
Desde el trunco amistoso contra Israel hasta el partido con Nigeria se sucedieron los escándalos y filtraciones. Difícil, incluso aún hoy, separar verdades de mentiras. Aunque imposible no sospechar que detrás de todo hubo alguien cantando bingo.
Las denuncias a Sampaoli en la previa, el video del Kun y Leo, las especulaciones sobre su matrimonio, el supuesto golpe de estado encabezado por los jugadores, los audios de Justi o Almada filtrando aspectos del ambiente caótico, el rol de un campeón del mundo como aguatero de Angelici, las escenificaciones de Caruso Lombardi y una piña de Pavón a Mascherano, y hasta la denuncia a Messi y su fundación por lavado de dinero horas antes del partido con Nigeria. “La intención es sacarle a la AFA el manejo de la selección como hicieron con la Superliga”, denunció Jorge Real en medio del río revuelto.
En el río Moscova y en el lago Belskoi se estancó basura de todo tipo, a punto tal que ya fue imposible distinguirla.
Difícil saber quién jugaba para quién, qué era verdad y qué era mentira. Un pantano en el vacío de poder que dejó el posgrondionismo.
Argentina abandonó Bronnitsy a cuentagotas. Muchos apenas pasaron a juntar las cosas tras el arribo desde Kazan con la derrota ante Francia a cuestas. El próximo en irse será el verano, para dejar lugar a un crudo invierno que tapará los colores y el deporte al aire libre. Los locales cuentan que es tan crudo y extenso que ahí reside la explicación a la intensidad con la que se vive el calor, intentando aprovechar las largas horas de luz solar, el agua y el verde.
No hubo día en la semana en que uno no encontrara las plazas llenas.
Al aire libre, como toda la basura del seleccionado argentino, todo se libera a la luz, todo se expuso. Y justo en el momento de mayor audiencia, los rusos se guardarán un tiempo dentro de sus fortalezas soviéticas, con doble puerta y siempre un poco elevadas para que no los tape la nieve. Puertas adentro, también se definirá el futuro y la repartija del fútbol argentino.
Con la ventilación ya efectuada, ahora todo sucederá donde siempre, lejos nuestro. Quizás lleguemos a despegar algo, aunque ya habrán elegido antes que nosotros.








Muy bueno!