Crónicas Qataríes
Antes de arrancar para Estados Unidos y Canadá metí mano en el archivo y encontré una serie de notas de viaje por Qatar y el Mundial 2022.
Estamos ya en la puerta del Mundial 2026 y antes de abrirla vale la pena repasar el recorrido. Medio como cuando, antes de tocar el timbre, ya sabiendo que es ahí, agarrás el teléfono y rechequeas bien la dirección o incluso el día y la hora.
A la memoria hay que ayudarla. Un poco por eso, y otro por obsesivo de terminar las cosas, me sumergí en los recuerdos y en las anotaciones. Estuve más de un mes en Medio Oriente y vi los 7 partidos de Argentina y uno siempre siente que no hizo lo suficiente con todo eso. Ahora, al menos, queda la historia impresa en el universo binario de ceros y unos.
En Qatar me impresionó el grito de los saudíes el primer partido, luego respiré miedo con México, pero escuche el click de los ajustes que hizo Scaloni. Me di cuenta que estaba ante la historia en La Batalla de Lusail. Vi jugar a Messi vs Croacia como si me estuvieran contando una leyenda.
Vi también cómo se organizó la gente del Barwa para que suene la música argentina. Todavía me emociono cuando escucho en un casamiento la Cumbia de los Trapos.
Todo esto lo agarramos con el equipo de La Pelota Siempre al 10 y lo transformamos en historias, en Crónicas Qataríes. Les voy a dejar los links acá a medida que vayan saliendo en el sitio, pero dejo también un bonus track exclusivo para The Lighthouse.
Primero, una intro en formato podcast, un poco de contexto. Esto lo grabé cuando volví de Doha y es sin dudas lo que más me gusta hacer, contar las ciudades. Les había dejado algo de Bronnitsy el episodio anterior, bueno, lo mismo con Doha. Una ciudad imposible de caminar, vallada durante el Mundial, una mezcla de rascacielos de vidrio quizá vacíos con la banda sonora de las mezquitas varias veces al día.
Debo confesar que mi idea era armar una serie de episodios, partido por partido, en este formato. Me quedaron solo los guiones, y eso es lo que transformamos en crónicas escritas.
Además de la intro en podcast que ya había publicado, me guardé sí un material exclusivo. El Capítulo 0, que conecta un poco Rusia con Qatar. Lo dejo acá abajo. Todo esto mientras me preparo para viajar a Estados Unidos y Canadá, en la próxima edición les cuento de eso.
Abrazo grande.
Capítulo 0 - En Scaloneta de Rusia a Qatar
La comparación con Rusia es inevitable. El aire que se respiraba en 2018 en Bronnitsy era espeso. La energía negativa se percibía en cada rincón ruso a donde Argentina viajaba. Estábamos ahí más por la aventura de conocer semejante país que por algún tipo de ilusión. A Messi lo tenían que esconder en cada práctica cuando llegaba la prensa para que no haya muchas fotos. Estaba como ido, afectado por cuestiones externas al fútbol y al Mundial quizá; y sin refugio en la concentración argentina, desde donde se filtraban audios, circulaban rumores de peleas, donde Sampaoli manejaba una agenda y los referentes otra. Ahí también estuvo Scaloni. Testigo, y parte, de aquello que salió mal por todos lados. Enseñanza fundamental, y fundacional, de cómo no se deben hacer las cosas.
A medida que Argentina avanzaba de fases en Qatar, la referencia pasó a ser otra: Brasil. Aquella proeza de la que se estuvo tan cerca. No estuve en Brasil, por lo que de mí no surgía, pero sí era algo que repetían periodistas que lo cubrieron de punta a punta. De todas maneras, todos concluían: nunca hubo una energía así. La identificación de la gente con el equipo fue la clave. Aquel equipo de Brasil tenía muchos jugadores muy queridos, pero acá había algo más. Una ilusión, obviamente cimentada en el título, esta vez sí, en el Maracaná, que ya se sentía desde mucho antes de llegar a la final. En la liberación que produjo aquella proeza, a su vez entremezclada con el tiempo, con la carga. El propio Brasil 2014 y todo lo que vino después. La carrera propia de Messi. La necesidad de enfrentar un destino manifiesto, de coronar esa carrera imposible, documentada y opinada, de la forma en que los tribunales, propios y ajenos, habían sentenciado que tenía que ocurrir. Esa mochila que se fue cargando año tras año y que se soltó, justamente, en Río de Janeiro. A contrarreloj. Sobre la hora.
La Scaloneta, el meme que se hizo verdad, se alimentó de esa energía. Fue su nafta. La última Copa de Messi fue el motor y el sentido mismo de la Scaloneta. Los Indios y Bengalíes que dominaban las calles de Qatar, y los estadios en los primeros partidos, lo confirman. Algo que trasciende a Argentina misma. No hay grieta posible, casi que la humanidad toda hacía fuerza sobre una ilusión palpable. La GenkiDama con un enemigo en común que conjugaba dos elementos que ni el propio Messi parecía capaz de vencer: el destino y el tiempo.
Después de la final se viralizó un extracto de un artículo del Irish Times firmado por Ken Early desde Lusail: “No sería cierto decir que todo el mundo estaba esperando que Messi gane el partido. Oponiéndose a él había una coalición de franceses, muchos sudamericanos no argentinos, fanáticos del Real Madrid, fanáticos de Cristiano Ronaldo, contras profesionales y otros psicópatas variados, pervertidos y desesperados que por diferentes razones retorcidas odian las ideas de felicidad, plenitud y justicia.” El propio Messi lo va a contar luego del Mundial. Tenía que ser así, elijo que haya sido así. Al final. Después de haber ganado todo y haber tenido tantos traspiés con la Albiceleste. Le dio una fuerza aún mayor. En 2014 no existía aún esta alianza global de la felicidad, la plenitud y la justicia.
Un taxista madrileño que me llevó a Barajas a las 4 de la mañana. Un uber ugandés que me levantó en el Aeropuerto Hamad para ir hasta West Bay. Un bangladeshi de los suburbios de Doha que me atendió cuando, entre cuartos y semis, me digné a lavar la ropa, dos pibas marroquíes de la casa de cambio del aeropuerto de Qatar que me dieron libras egipcias, un egipcio que me organizó unos tours por El Cairo. Todos querían lo mismo. Se los juro, aunque no haga falta.
Luego de haber perdido tantas finales, de haber tenido una foto pasando tan cerca, de declarar que esto no era para él, de querer renunciar a todo. El guión perfecto. En sincronía con lo pasado que se volvía un peso, la ilusión crecía y ganaba adeptos. Los que antes les daba un poco lo mismo si Messi ganaba o no, lo tomaron como personal. Y me incluyo. Confieso que hasta Rusia, donde mi trabajo siempre había estado atravesado directamente por el fútbol, no me cambiaba la vida. Sí la profesional. Y quizá ese miedo al desafío, de estar a la altura, me cruzaba y atemorizaba. Alejarme un poco del ¿periodismo? deportivo me dio la distancia necesaria. En Rusia, donde tampoco había ilusión de todas formas, quedar eliminados fue una ideal excusa para recorrer un país inabarcable y anhelado. “Me voy a ver jugar a Messi”, le dije a Mechi, mi novia, antes de salir a Qatar. Como a buscar una deuda pendiente que sabía que me iba a cobrar. No me pidan que lo vuelva a intentar.
Más allá de la presencia de Scaloni en el proceso de Sampaoli y cómo tomó en primera persona muchos ejemplos de lo que no hay que hacer, su cuerpo técnico entero reencarna la generación post Maradona que se fue forjando de frustración en frustración, pero que a su vez fue parte de un proceso virtuoso a nivel juveniles. Argentina post 86, o quizá post Copa América 93, tiene su faro en aquellas selecciones Sub 20 de Pekerman y Tocalli que desde el 95 en adelante desarrollaron una hegemonía total y fue irrigando una selección mayor con cracks, que a su vez fueron consagrándose como ídolos de los mejores clubes de Europa. En Rusia 2018, antes incluso de aterrizar en Moscú, culmina el ciclo de una Selección que estuvo en la puerta muchas veces y le faltaron detalles para la gloria.
Aimar, Samuel y Ayala. Ayala fue parte del fracaso en 2002. Se lesionó en la entrada en calor previo al debut, luego fue capitán en la final de la Copa América 2004, donde Argentina ya hacía tiempo en el corner esperando el título hasta que llegó el gol de Adriano. Así como en la del 2007, donde, tras una Copa excelsa de todo el equipo, tuvo una mala final y una Argentina absolutamente dominante durante el torneo sucumbió ante un Brasil B. Una Argentina ya con Messi, que luego arrastraría esta maldición.
El Diego no fue parte de las Copas América del 93 y 95, pero no estaba retirado aún. En 1997 fue su último partido. Era inevitable que su sombra se posara sobre el fútbol argentino. Porque Maradona siempre fue inevitable. Un recuerdo permanente que incluso eclipsó su propia participación como DT. Algo se desbloqueó con su muerte. La mística tiene estas cosas inexplicables. No alcanza con mística, y va en paralelo con la preparación que un equipo pueda tener, pero ahí está y no se puede sin ella. El ser humano tiene un superpoder que lo separa del reino animal: la abstracción. Poder construir algo que no está ahí. Así funcionan las religiones, las patrias, la humanidad como especie. La muerte de Maradona desbloqueó el mito. La leyenda que ahora es para siempre. Que ahora es solo para siempre, y no es más presente. Algo se ajustó, se liberó.
“No existen las casualidades muchachos” dice Messi en la previa de la final del Maracaná. En aquella arenga también dirá: “Esta nos la llevamos a casa”. La selección que siempre era candidata, la Pekemarniana, tuvo su tumba en Bronnitsy. Donde llega sin serlo y se va por la ventana, tal como había entrado. Se derrumba y se construye algo nuevo. Se funda sobre el vacío de aquel derrumbe. La muerte de Grondona y la lucha de poder por ocupar ese lugar (cuyas esquirlas explotan justamente en todo el proceso Rusia 2018), los fines de ciclos de aquellos ídolos consagrados para dejar lugar a un equipo de a pie. Montado sobre jugadores que ya no brillan en Champions League, en el mejor de los casos alternan en clubes importantes, ni llegan con el prontuario de haber brillado en las selecciones juveniles, sumergidas en la oscuridad de más de 10 años de vagabundeo intrascendente sin participaciones destacadas ni plan.
La Scaloenta, el Scalonismo, toma fuerza de un meme que se vuelve realidad, que le da un destino manifiesto. De nuevo, en paralelo al trabajo que se hace, hay además una construcción narrativa que comienza a hacerse desde la determinación. Fake it till you make it. El título en Brasil es el ajuste final. No sólo del mejor Messi de todos los tiempos, sino de un sentimiento ganador. La canción que acompaña a la Selección en Qatar es el máximo ejemplo de este cambio colectivo. Ya no se habla más de un volveremo’ volveremo’, de un Diego que los gambeteó, habla de las finales que perdimos, de los años que pasamos llorando, pero de que eso se terminó. De haberlo dejado atrás. Y pone en palabras algo nuevo: ganar la tercera. No se quiere repetir el 86, se quiere ganar la tercera. Algo jamás pronunciado. Una nueva era. Con Diego alentando desde el cielo.




